Volvé, Steve. Te perdonamos.

En setenta años, la música grabada sobrevivió seis formatos. El vinilo, el cassette, el CD, el MP3, el download, el streaming. Cada transición tuvo su narrativa de rescate o colapso. Una constante pasó por debajo del radar: el precio que pagaste por canción siempre bajó.

El vinilo fijó el precio de referencia. Un LP en los 70s costaba USD 3–5 — unos USD 20–30 en valores actuales, diez canciones adentro. Dos o tres dólares por tema, incluidos los cuatro rellenos que el artista metió para llegar a la hora de duración. No había manera de comprar solo los que te gustaban. La industria lo llamó álbum. Era un bundle obligatorio, pero como nadie conocía la alternativa aún, no hubo quejas.

El cassette introdujo la primera grieta. El precio de tapa se mantuvo, pero la grabación doméstica abrió otra economía. Alguien grababa de la radio, copiaba el cassette de un amigo. "Home taping is killing music" decían las portadas en los 80s. Primera vez que la industria gritó y nadie le hizo mucho caso, sobre todo en TDK, que se cansaron de vender cassettes vírgenes.

El CD fue la única excepción a la curva. El precio nominal subió — USD 15–18 por disco, un dólar y medio, dos por canción. La industria lo justificó con la calidad del audio digital. Buena excusa, porque la misma digitalización que justificó el aumento hizo posible copiar el archivo sin pérdida. Las dos cosas ocurrieron exactamente al mismo tiempo.

Vino Napster. Duró tres años y en ese tiempo mostró el precio de reserva real del consumidor: el que emerge cuando la reproducción es técnicamente libre. El sistema de propiedad intelectual funcionaba sobre el supuesto de escasez. Napster hizo evidente que esa escasez era artificial. All you can listen. Lars Ulrich enojadísimo. Los fans de Metallica enojados con Lars. Le ganaron a Napster, pero atrás vinieron Kazaa, iMesh y otros. Hasta que llegó Steve a salvar las papas.

iTunes reintrodujo un precio mínimo. 99 centavos por canción. La industria aceptó a regañadientes — y cedió por primera vez ante una tecnológica. Fue la lección que sentó precedentes para todo lo que vino después.

El streaming institucionalizó el acceso sobre la propiedad. Tres o cuatro milésimas de dólar por stream en USA o Europa. Un tercio de eso en LATAM. La ilusión de que el consumidor poseía algo desapareció también.

La curva tiene setenta años. Nunca miró para arriba.

El precio del fonograma está por tocar 0 de nuevo. ¿Sobre qué construimos lo que viene?

anterior La atención no se distribuye